No acostumbro la escritura, porque la escritura no se ha acostumbrado a mi, pero esto va en honor y burda imitación al romance trágico que fuera símbolo del amor más dulce y desinteresado de la literatura infantil.
Dedicado a Hans Christian Andersen y al príncipe por el que espuma me volví
I.
El agua del mar mojaba la arena del puerto, y todos los pescadores llevaban la carga en redes marrones llenas del tesoro de Neptuno. El alboroto de la noche pesquera era un ritual para los habitantes del pueblo. Se contaba la leyenda de que cada Noche de Todos los Santos, en la cual la pesca parecía más abundante a ojos de los viejos lobos de mar, Neptuno dejaba ver a una de sus hijas en el arrecife, le permitía cantar y enamorar un marinero para luego ahogarlo. Era por esta razón que se tenía la superstición de que resultaba peligroso permitir a los pescadores jóvenes colaborar con la tarea esa misma noche. Fue entonces que un muchacho hizo caso omiso a las advertencias de su jefe, y decidió vestirse con hombreras más anchas y ocupar los zapatos de su padre para pasar inadvertido entre los pescadores mayores.
Caminó unos momentos frente a la lengua de arena, soñador empedernido y poeta innato. Ya había acabado la cansada tarea de extraer la mayor cantidad de peces que se pudieran rescatar del mar, que esa noche parecía tan agitado como cuando la luna cambia de fase. Se encontraba exhausto y dirigió sus ojos, marrones y profundos, a la línea del arrecife, iluminado por el potente faro de luz amarillenta a unos kilómetros de él. Se imaginó que del salado paraíso azul que se encontraba en frente, surgiría la mujer mitad pez de los cuentos que su madre le contaba cuando pequeño, y debajo de las olas se encontraría el palacio de mármol y coral donde viviría sin control de sus sueños y de la sabiduría que da lo desconocido del océano.
En hipnosis por los reflejos estelares sobre el agua, comenzó a cantar aquellas palabras que la leyenda de las sirenas aseguraba atraía a las hijas de Neptuno a la playa. Su mente racional tenía apetito de devorar fantasías y derrochar nostalgia cuando nadie lo veía. Estudioso sorprendente a su corta edad, era afín a la idea de que no hay nada que nuestros ojos no puedan ver, y sin embargo deseaba con furor encontrar lo que le despertara de apatías ensayadas y miedo de vivir sin poner al frente sus manos. Creía que el mar traería hacia él aquello que buscaba y no sabía encontrar. Algo que creía ver en los ojos de una muchacha, la cuál, hija de alcurnia y familia poderosa, cantaba desde su ventana lo que las aves traen desde puertos lejanos. La noche daba a entender que era hora de dormir, por lo que regresó en sus huellas y caminó hacia casa de nuevo, cuando vio surgir de la sombra entre las palmeras una figura que se acercaba a él.
II.
El frío calaba sus huesos al punto de hacerlo querer volver tras de sí, la piel azulada de sus brazos y piernas se tornaba de un color similar al de las violetas, mórbido y alucinante. Su cuerpo mojado salpicaba todavía la arena y cada uno de sus pasos le perforaban de dolor hasta lo más prufundo de su alma, pero estaba seguro de lo que hacía. Su mente aún se encontraba revuelta por el cambio tan drástico de entorno, su cuerpo seguía cambiando vertiginosamente y había dolores dentro de él que nunca había experimentado. No tenía ni la menor idea de lo que haría ya que alcanzara el pueblo, pero por lo menos, después de algunos momentos, el corazón latía para sí mismo un poco más lentamente, y el dolor cesaba con el mismo ritmo.
Se vistió con la ropa que había encontrado tirada en la playa y que para él resultaba sumamente extraño ver y portar. Había aprendido que los seres humanos condenan la desnudez, por lo que encontrar el alargado trozo de tela suave con figuras de colores le había parecido un alivio. Se lo había acomodado para que cubriera al menos todo su torso y parte de sus piernas. El cabello le caía verde en cascada por detrás de los hombros, y había logrado secarse en su totalidad. La noche caía cada vez más profunda, lo mismo que la temperatura, por lo que intentó acelerar su paso a pesar de que esto incrementara el dolor en sus pantorrillas y encontró la luz del faro dándole de lleno en los ojos.
Siguió lo que para él era el brillo del Sol, o eso creía que era, y en hipnosis por los rayos de este proyectándose en sus pupilas, caminó hasta toparse con la silueta de un hombre que veía hacia el mar. Vio sus ojos, iluminados por la luz, su nariz, sus labios, su cabello y el resto de su cuerpo. Los vio, y los volvió a ver mil veces en un solo segundo. No había fuerza que pudiera describir lo que estaba viendo tan de cerca, algo que le fascinaba de formas que nunca había conocido. Salió de entre la sombra de los dos enormes árboles frente a él, y se dispuso a encontrarle.
III.
Lo que había salido de detrás de las palmas era parecido a un ser humano, pero con el tinte de la piel similar al color de las violetas pálidas por el invierno. Un tono azulado que cubría todo su cuerpo de pies a cabeza, coronada por una mata de cabello verde que caía detrás de la espalda. Llevaba puesto un vestido con estampado de flores, descubiertos los hombros. Dirigió una mirada cristalizada al joven de piel tostada y ojos marrones e intentó formular una palabra para comunicarle lo que fuera. Sin embargo, de las cuerdas vocales de la criatura no surgió ningún sonido, razón por la que un par de lágrimas se delinearan de entre sus lagrimales. Sólo el ligero murmullo de lo que parecía un lobo marido herido.
-¿Te sucede algo?-enunció Christian, el joven poeta, dirigiéndose directamente a la silueta que tenía frente a él-debes estar en agonía por tremenda temperatura en la que estás, y sin si quiera la compasión de un abrigo, ¿vienes de algún lugar? ¿tienes dónde dormir?-La criatura no respondió, ningún gesto afirmativo o negativo.
Se acercó lentamente y puso su frente sobre el pecho de Christian, acariciando su mejilla contra él y emitiendo una suerte de ronroneo felino. El joven no tuvo opción más que la de reír ante lo que veía, más allá de sentirse asustado había cierta empatía para con el fenómeno biológico que sus ojos ahora presenciaban. Le señaló con una mano el pueblo, que se encontraba a algunos kilómetros al norte de la playa, iluminado por luces ámbar que daban la impresión de un solo castillo gigantesco.
Caminaron por dos o tres horas, haciéndole al individuo azul preguntas a las que no contestaba y sólo de ocasión en ocasión repetía restregar su rostro en el pecho de Christian, de pronto tomando sus manos y sonriendo. El joven se alejaba cada que esto sucedía, y repetía en voz alta letanías que nunca hubiera podido entender la peculiar adquisición que ahora lo acompañaba debajo de la luna de otoño. Llegaron a su casa, y subieron los escalones de madera que conducían a la habitación del muchacho, pequeña, compuesta por una cama mediana de madera y un escritorio frente a la ventana que daba al centro del pueblo.
-¿Cuál es tu nombre?-cuestionó, sabiendo que no recibiría respuesta, en automático afirmó-te llamaré Ceasg, ¿entiendes a caso eso?-no había respuesta alguna más que la tierna sonrisa que se formaba en su rostro cada vez que Christian pronunciaba alguna palabra-Ceasg es hijo del mar, y fue ahí donde te encontré, en el mar, tú dormirás en el piso, donde pondré algunos cobertores que te permitirán dormir a resguardo del frío
Sin embargo, Ceasg había ya colocado su cuerpo en toda la extensión de la pequeña cama de Christian, y dormía haciendo los sonidos de los gatos que descansan después de comer. El muchacho movió con cuidado al otro joven dormido, y se recostó a su lado, viendo hacia el vacío, hasta conciliar el sueño. A mitad de la noche, sintió un pesado brazo que se dibujaba entre sus costillas y un cuerpo que se oprimía con delicadeza al suyo, desconcertado, se percató de que se trataba de Ceasg, que olfateaba medio dormido la superficie de su cabello. Cerró los ojos y logró dormir.
Soñó con profundidades azuladas en el infinito de una realidad que nunca había conocido. Edificaciones de corales gigantes donde vivían los más exquisitos seres vivos que jamás hubiera visto. Con la agilidad para nadar del pez, y la voz de mil ángeles. Vivían escribiendo las historias de su pueblo, anterior si quiera a la aparición de la primera ciudad o palabra escrita. No hablaban con un idioma que él pudiera conocer, pero se entendía la comunicación más exacta que hubiera podido entender. Así como la expresión más tierna de amor entre una de estas criaturas y el cachorro de una foca. Logro entonces percatarse de que estos eres eran como Ceasg, de piel azulada, pero debajo de su pubis crecía lo que parecía la mitad del cuerpo de un delfín.
El sol de la mañana iluminó el rostro de ambos, y Christian entró en pánico al percatarse del cambio ocurrido en su compañero. En primera instancia, se encontraba completamente desnudo, siendo el rayos que entraban por la ventana su único vestido. Su tono de piel había cambiado para ser del mismo color que el de Christian, pero más pálido y con cierto tinte azulado detrás de las cienes. Despertó, y abrió los ojos castaños que ahora habían cambiado de ser azules como la noche anterior. Sonrió y se aproximó al muchacho para intentar encontrar sus labios con los de él, a lo que Christian respondió en negativa, alejándose.
-Ha amanecido espléndido-dijo para sí, con la esperanza de que Ceasg entendiera ahora-veo que no logras comprender mis palabras-le vio a los ojos, y sintió la compasión de ver a un niño pequeño sin capacidad de valerse por sí mismo, acarició su mejilla, le proporcionó vestimenta de hombre y le condujo hasta la puerta de salida.
IV.
Ceasg veía la luz del Sol que entraba desde las copas de los árboles de una vereda por la cuál iba con Christian, sujetado firmemente a su hombro, caminó sorprendido por todo lo que nunca había percibido anteriormente. La maravilla que eran los gatos en los tejados de las casas, saltando de uno a otro con la desvergüenza de una época sin prisa ni cuestiones preocupantes. Las personas le fascinaban sobremanera, sus sonrisas comprometidas, las más naturales, las forzadas y las amorosas, lograba ver lo que expresaban unos a otros por la intención de sus miradas y sonrisas, parecido único que tenía con ellos. No entendía sus palabras, pero sí sus bondades, y respondía así mismo con sus ademanes de una forma en que no resultaba difícil entender su intención.
Christian lo observaba, encontraba en él algo que nunca había percibido con anterioridad en otras personas, y al mismo tiempo, veía en su actitud infantil una inconveniencia al tiempo de rodearse con su persona. Le resultaba difícil salir con él y hacer sus obligaciones, y la mañana ya había avanzado demasiado como para seguir en semejantes atrasos a sus compromisos. Avanzó hacia él, para tomarlo y volver a su residencia, cuando del marco de la ventana de una torre escuchó aquella voz que daba rienda suelta a sus sentidos y provocaba sus letras en el papel. Era Ophelia, la hija del duque, aquella mujer de clase alta que inspiraba la poesía de Christian, única irracionalidad que cabía en su cabeza.
Desde su proceder cayó una nota, que tenía como contenido lo siguiente.
"He logrado percibir tu presencia insistente debajo de mi ventana desde hace mucho, caballero. Me han también llegado noticias de que tus palabras han podido embelesar a quienes ni siquiera los néctares del otro lado del océano han podido despertar sus sentidos. Quiero que te presentes en este mismo mañana en la noche, y logres cautivarme con tus escritos y conocimientos.
Así podría incluso considerar que pedirle a mi padre que te lleve a través del continente para divulgar tu poesía, o incluso, concederte mi mano.
-Ophelia"
Christian, abrumado por la alegría que esto significaba, sonrió, con las comisuras de su boca tan hundidas como trazadas por candiles encendidos. Volteó hacia Ceasg, y este lo volteó a ver a él, le llamó, y ambos caminaron de regreso al hogar.
Al encontrarse de nuevo en la cama, durmiendo con la figura del joven azulado abrazada a la suya, Christian soñó con la joven Ophelia las más dulces hazañas y los más tiernos romances, mientras que Ceasg descubría dentro de su pecho un sentir ajeno a todos los que había experimentado en su vida. Era el burbujeo constante de distintas reacciones que provenían desde su estómago y se propagaban agresivamente contra su pecho. Al sentir el tacto de su piel con la de Christian, estas emociones galopaban dentro de sí mismo hasta hacerle entre cortar la respiración, y desear con todo su ser ajeno al reino de los humanos, besar sus labios y abandonar su lugar en el mar para permanecer junto a él.
La noche avanzó y ambos se encontraron despiertos, la razón, desconocida, bien podría ser que el maullido constante de los gatos vecinos no permitieran su concilio del sueño. A esto, Christian se levantó del aposento, y se dirigió a su escritorio, donde guardaba un violín color del vino, lo extrajo de su estuche y comenzó a emitir los sonidos más bellos que Ceasg hubiera escuchado, los que provocaron que sus pies se alzaran para bailar a través de la habitación. Tomó entonces de las manos al poeta, le arrebató el violín y lo colocó delicadamente en el borde del escritorio, para él mismo comenzar a cantar. Christian se sorprendió de la belleza en su voz, y aceptó bailar a la luz de la luna junto con él, dando giros por el interior de su cuarto.
El cansancio le ganó a la energía de ambos, y durmieron ahora abrazados el uno del otro. Ceasg acurrucó su cabeza dentro del pecho de Christian, y ambos soñaron con el interior del mar. Unidos, se encontraban en la inmensidad infinita del azul verdoso de una tierra que ninguno de los dos conocía, y ya después de mucho sumergirse, ya no era ninguna de ambas realidades, ni la tierra ni el océano, y sólo había un par de cuerpos abrazados , universalizados por la infinidad de lo que Ceasg sentía. Habían llegado tan lejos por lo que él transmitía con su abrazo y lo producido dentro de su corazón, si es que eso era lo que había dentro de su pecho.
V. "No me dejes Ir"
La mañana siguiente pasó como la anterior, sin embargo, ahora Christian se notaba distante, mientras que Ceasg seguía ciegamente las reacciones que en su pecho sucedían. Pero aquella tarde no volvieron a casa, ambos vieron el caer del Sol Poniente, sentados en un pastizal cercano al puerto, tono naranja que por alguna inexplicable materia reflejó de nuevo el color azulado en la piel de Ceasg, que cerró sus ojos, sonrió, y dijo con la voz proveniente de una lengua extraña y primigenia, lo que Christian entendió como su nombre: "Eagh-Ronm". Volteó sorprendido al ver ese rostro que ahora adquiría una calidad más humana que nunca, y sus labios formaron una sonrisa.
-Permanece aquí, no tardaré demasiado, iré a encontrarme con alguien muy especial, amigo, después iremos a la casa y abriremos un vino y volveremos a celebrar con esos cantos que sólo tu voz puede emitir-Se levantó de su asiento y dio a Eagh-Ronm un beso en la frente, para proseguir su camino a través del pueblo a encuentro de la mujer que lo mantenía embelesado.
El joven azulado ahora en su corazón sentía un burbujeo aún más fuerte, que al mismo tiempo que le preocupaba, le hizo sentir lo que nunca podría haber vivido de haber permanecido a lado de quienes vivían junto con él en el reino debajo de las olas. De donde venía, más allá de la playa y el Sol, donde las palabras no existen, y los cantos no las tienen, donde se es libre, pero amar es lo que nunca se podría sentir, puesto que en el mar no hay alma en el corazón de quien lo habita.
Desconcertado, esperó varios minutos que se convirtieron en horas, hasta ver que el Sol ya no era el Sol sino la Luna, a la cuál vio, y cantó todas las canciones que podía cantarle. Puesto que en las noches, que era únicamente entonces cuando podía asomarse al arrecife, era su compañera y lo más cercano que hasta entonces hubiera conocido al amor, aullaba a ella con sus cantos melodiosos, y ella rompía el cielo estrellado para entregarle la inmortalidad que los seres del mar tienen si viven debajo de él y que trae la luna desde reinos más lejanos y antiguos que Aghnur Yaleb o Kadath.
Se puso en pie, dispuesto a encontrar a su amado, y por fin lograr posar sus labios en los de él, para unirse en eternidad. Caminó regodeado de alegría, despidiéndose de lo único que lo ataba con el mar, la luz de la luna. Se acercó a la plaza donde paseaba los últimos días con Christian, y vio dos siluetas bailando en torno a una fuente, frente a la torre de una casa enorme y muy hermosa. Aquella imagen le generó alegría, puesto que seguramente aquella pareja de enamorados que bailaban al ritmo de ninguna música se sentían de la misma forma que él cuando su amado Christian le tomaba de las manos para moverse al compás de su violín.
Se acercó para poder ver sus caras y recordarlas, cuando lo que vio produjo en él una reacción dolorosa. Aquel que bailaba era Christian, y lo hacía con una hermosa mujer de cabello negro que caía sobre sus hombros y bailaba como un hada a la luz del las farolas. Un mar de distintos sucesos se disolvió dentro de su pecho, y aquel burbujeo incrementó dentro de donde debería estar el corazón, para dar paso a una hemorragia que se propagaba por dentro de su cuerpo. De sus ojos surgió una sustancia similar a la sangre, pero del color de su piel, que regresaba a ser del color azul de antes. Con los pies golpeando en el suelo, caminó agonizante hasta la playa, no sin antes voltear a ver el rostro de aquel hombre que había amado.
Ya habiendo llegado a la playa, aquella sustancia de color azul se escurría con mayor intensidad por las facciones de su rostro, y también brotaba de sus manos, pero ya no de sus pies, puesto que estos habían regresado a la forma que tenían antes, la aleta de delfín que lo ataba con su verdadero destino. Sin embargo, ahora ese destino no era una posibilidad, puesto que el burbujeo dentro de su corazón prosiguió hasta volverse todo lo que constituía su figura. Todo él era un burbujeo constante de masas gelatinosas y aformes que se devoraban las unas a las otras hasta disolverse con el azul del mar.
EPÍLOGO
Christian nunca volvió a ver a aquel extraño individuo de colores brillantes, y en compañía de aquella hermosa mujer con la que ahora se había casado, un atardecer encontró en la orilla de aquella playa que hacía tantos años no visitaba una piedra esmeralda del más incalculable valor. La talló con su pañuelo, para eliminar los rastros de musgo marino y algas que no permitían leer lo que tenía escrito. No pudo evitar sentir burbujas en el interior de su pecho al leer en su superficie, en perfecto castellano:
"A Christian:
El amor de la
Ceasg al disolverse
con la mala fortuna de
la desesperanza
se vuelve la más
pura e invaluable
piedra preciosa
-Eagh-Ronm