
Caminando a través de el pasillo de columnas forjadas por mármoles, me atormentaba mientras pensaba en el destello que provocaba dentro de mi corazón ver la sonrisa de quien ahora me envolvía en tan dulce enamoramiento. Los árboles de cedro fuera de enormes ventanales anunciaban a los petirrojos predilecto el clima para un buen ataque aéreo. Llevando entre mis manos la marchita muñeca de trapo que encontrara en mi baúl de recuerdos repisados en polvo, corrí a intentar buscar al ser de mística procedencia que con su flautín despertara en mi el silbido de mil hadas inquietas en mi estómago.
Mis ojos entallados de flores rojas te buscaron al encontrar el jardín de manzanos y reverberantes mariposas, asoleado por el astro rey en el baile de las cuatro de la tarde, entre ocultándose y mostrando su vestido. Era testigo de mi emoción el frotar de mis manos al escurrir entre ellas las mil palabras que describiesen el sentir de mi alma adolescente, por demás enamorada. Pero detrás de los arbustos repletos de azaleas no encontré, sin embargo, tu dulce flautín aquietando el aire que ahora parecía revelarse en motín en contra mía. Ahora era por supervivencia regresar a mi aposento para no sentir en mi cuerpo el destajo de la soledad que no hallarte tras los arbustos amenazaba con agobiarme. Las mil palabras ahora no se contenían dentro de mis palmas, puesto que el viento en egoísta repulsa arrebataba con crueldad sin pensar que no eran para él.
En frente del estanque que el color de los peces volvía un festival cromático, ahora intentaba sumergir mis manos para que en el agua los versos para tus oídos no se perdieran. Que el cielo por encima de mis hombros me perdonara por el arranque que ahora las luces de la noche luciérnaga atestiguan. Entre el inquieto titilar de las estrellas me adormecía el rencor que mis manos ahora le tenían a las alas de las aves, se movían mientras mis ojos se cerraban y el ensueño las volvía plumas de cristal rompiendo vuelo en la luna. Y en la oscuridad de la habitación mohosa por el tiempo inmemorial, mis puños al estrellarse en mi pecho escucho el palpitar de mi corazón, mientras me sumerjo en la sombra del tuyo, agobiado y entre hojas que caen despavoridas para el amparo de unos brazos piadosos.
Tropiezo, y observo lo que sobre mis ojos se levanta, el festival de los astros en su baile conformando un rostro que está tan presente en mis sueños como el tuyo, el del olvido que amenaza con separar mis manos de las de quien ahora sigo buscando.
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