anhelo de vernos en los ojos de otros.
Vernos de esa forma en que chispeantes
descargas de endorfina provocan temblores
de manos y sudor en las palmas.
Y queremos que la luz del sol esté de nuestro lado,
porque nos gusta,
porque sabemos volar,
pero ya no queremos.
Ya nos duele volar, nos duele vibrar y respirar,
porque no se puede en la ciudad de la furia,
cuando las luces de los semáforos se burlan
del paso acelerado con que corremos
para encontrarnos en el nido.
A veces nos ponemos tintes en el cabello
y cubrimos nuestros ojos con rimel,
para el sábado o el viernes
encontrarnos entre el tumulto de la aceptación,
de la violencia urbana
que por veces fugaces es renovadora y es protectora,
queremos ser nosotros y que nuestras alas ya no se quemen por el Sol,
porque queremos que el Sol sea nuestro aliado
para que no nos arda el rimel en las mejillas
y el tinte de colores en la raíz del cabello sea color y no sopor.
A veces ya no queremos volar.
A veces caminar sin alas es más fácil porque el Sol no quema
Y nos ponemos el corazón tallado en metal
lo amarramos a la garganta,
y así hablamos.
Ya estamos cansados.
Ya no queremos volar.