miércoles, 14 de marzo de 2012

La huelga de los Pájaros.

Cada día que despertamos es con el
anhelo de vernos en los ojos de otros.
Vernos de esa forma en que chispeantes
descargas de endorfina provocan temblores
de manos y sudor en las palmas.
Y queremos que la luz del sol esté de nuestro lado,
porque nos gusta,
porque sabemos volar,
pero ya no queremos.
Ya nos duele volar, nos duele vibrar y respirar,
porque no se puede en la ciudad de la furia,
cuando las luces de los semáforos se burlan
del paso acelerado con que corremos
para encontrarnos en el nido.
A veces nos ponemos tintes en el cabello
y cubrimos nuestros ojos con rimel,
para el sábado o el viernes
encontrarnos entre el tumulto de la aceptación,
de la violencia urbana
que por veces fugaces es renovadora y es protectora,
queremos ser nosotros y que nuestras alas ya no se quemen por el Sol,
porque queremos que el Sol sea nuestro aliado
para que no nos arda el rimel en las mejillas
y el tinte de colores en la raíz del cabello sea color y no sopor.
A veces ya no queremos volar.
A veces caminar sin alas es más fácil porque el Sol no quema
Y nos ponemos el corazón tallado en metal
lo amarramos a la garganta,
y así hablamos.
Ya estamos cansados.
Ya no queremos volar.

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