lunes, 20 de agosto de 2012

No Me Dejes Ir



No acostumbro la escritura, porque la escritura no se ha acostumbrado a mi, pero esto va en honor y burda imitación al romance trágico que fuera símbolo del amor más dulce y desinteresado de la literatura infantil.
Dedicado a Hans Christian Andersen y al príncipe por el que espuma me volví

I.
El agua del mar mojaba la arena del puerto, y todos los pescadores llevaban la carga en redes marrones llenas del tesoro de Neptuno. El alboroto de la noche pesquera era un ritual para los habitantes del pueblo. Se contaba la leyenda de que cada Noche de Todos los Santos, en la cual la pesca parecía más abundante a ojos de los viejos lobos de mar, Neptuno dejaba ver a una de sus hijas en el arrecife, le permitía cantar y enamorar un marinero para luego ahogarlo. Era por esta razón que se tenía la superstición de que resultaba peligroso permitir a los pescadores jóvenes colaborar con la tarea esa misma noche. Fue entonces que un muchacho hizo caso omiso a las advertencias de su jefe, y decidió vestirse con hombreras más anchas y ocupar los zapatos de su padre para pasar inadvertido entre los pescadores mayores. 
    Caminó unos momentos frente a la lengua de arena, soñador empedernido y poeta innato. Ya había acabado la cansada tarea de extraer la mayor cantidad de peces que se pudieran rescatar del mar, que esa noche parecía tan agitado como cuando la luna cambia de fase. Se encontraba exhausto y dirigió sus ojos, marrones y profundos, a la línea del arrecife, iluminado por el potente faro de luz amarillenta a unos kilómetros de él. Se imaginó que del salado paraíso azul que se encontraba en frente, surgiría la mujer mitad pez de los cuentos que su madre le contaba cuando pequeño, y debajo de las olas se encontraría el palacio de mármol y coral donde viviría sin control de sus sueños y de la sabiduría que da lo desconocido del océano. 
    En hipnosis por los reflejos estelares sobre el agua, comenzó a cantar aquellas palabras que la leyenda de las sirenas aseguraba atraía a las hijas de Neptuno a la playa. Su mente racional tenía apetito de devorar fantasías y derrochar nostalgia cuando nadie lo veía. Estudioso sorprendente a su corta edad, era afín a la idea de que no hay nada que nuestros ojos no puedan ver, y sin embargo deseaba con furor encontrar lo que le despertara de apatías ensayadas y miedo de vivir sin poner  al frente sus manos. Creía que el mar traería hacia él aquello que buscaba y no sabía encontrar. Algo que creía ver en los ojos de una muchacha, la cuál, hija de alcurnia y familia poderosa, cantaba desde su ventana lo que las aves traen desde puertos lejanos. La noche daba a entender que era hora de dormir, por lo que regresó en sus huellas y caminó hacia casa de nuevo, cuando vio surgir de la sombra entre las palmeras una figura que se acercaba a él.

II.
El frío calaba sus huesos al punto de hacerlo querer volver tras de sí, la piel azulada de sus brazos y piernas se tornaba de un color similar al de las violetas, mórbido y alucinante. Su cuerpo mojado salpicaba todavía la arena y cada uno de sus pasos le perforaban de dolor hasta lo más prufundo de su alma, pero estaba seguro de lo que hacía. Su mente aún se encontraba revuelta por el cambio tan drástico de entorno, su cuerpo seguía cambiando vertiginosamente y había dolores dentro de él que nunca había experimentado. No tenía ni la menor idea de lo que haría ya que alcanzara el pueblo, pero por lo menos, después de algunos momentos, el corazón latía para sí mismo un poco más lentamente, y el dolor cesaba con el mismo ritmo.  
Se vistió con la ropa que había encontrado tirada en la playa y que para él resultaba sumamente extraño ver y portar. Había aprendido que los seres humanos condenan la desnudez, por lo que encontrar el alargado trozo de tela suave con figuras de colores le había parecido un alivio. Se lo había acomodado para que cubriera al menos todo su torso y parte de sus piernas. El cabello le caía verde en cascada por detrás de los hombros, y había logrado secarse en su totalidad. La noche caía cada vez más profunda, lo mismo que la temperatura, por lo que intentó acelerar su paso a pesar de que esto incrementara el dolor en sus pantorrillas y encontró la luz del faro dándole de lleno en los ojos.
Siguió lo que para él era el brillo del Sol, o eso creía que era, y en hipnosis por los rayos de este proyectándose en sus pupilas, caminó hasta toparse con la silueta de un hombre que veía hacia el mar. Vio sus ojos, iluminados por la luz, su nariz, sus labios, su cabello y el resto de su cuerpo. Los vio, y los volvió a ver mil veces en un solo segundo. No había fuerza que pudiera describir lo que estaba viendo tan de cerca, algo que le fascinaba de formas que nunca había conocido. Salió de entre la sombra de los dos enormes árboles frente a él, y se dispuso a encontrarle. 

III.
Lo que había salido de detrás de las palmas era parecido a un ser humano, pero con el tinte de la piel similar al color de las violetas pálidas por el invierno. Un tono azulado que cubría todo su cuerpo de pies a cabeza, coronada por una mata de cabello verde que caía detrás de la espalda. Llevaba puesto un vestido con estampado de flores, descubiertos los hombros. Dirigió una mirada cristalizada al joven de piel tostada y ojos marrones e intentó formular una palabra para comunicarle lo que fuera. Sin embargo, de las cuerdas vocales de la criatura no surgió ningún sonido, razón por la que un par de lágrimas se delinearan de entre sus lagrimales. Sólo el ligero murmullo de lo que parecía un lobo marido herido.
-¿Te sucede algo?-enunció Christian, el joven poeta, dirigiéndose directamente a la silueta que tenía frente a él-debes estar en agonía por tremenda temperatura en la que estás, y sin si quiera la compasión de un abrigo, ¿vienes de algún lugar? ¿tienes dónde dormir?-La criatura no respondió, ningún gesto afirmativo o negativo. 
Se acercó lentamente y puso su frente sobre el pecho de Christian, acariciando su mejilla contra él y emitiendo una suerte de ronroneo felino. El joven no tuvo opción más que la de reír ante lo que veía, más allá de sentirse asustado había cierta empatía para con el fenómeno biológico que sus ojos ahora presenciaban. Le señaló con una mano el pueblo, que se encontraba a algunos kilómetros al norte de la playa, iluminado por luces ámbar que daban la impresión de un solo castillo gigantesco. 
Caminaron por dos o tres horas, haciéndole al individuo azul preguntas a las que no contestaba y sólo de ocasión en ocasión repetía restregar su rostro en el pecho de Christian, de pronto tomando sus manos y sonriendo. El joven se alejaba cada que esto sucedía, y repetía en voz alta letanías que nunca hubiera podido entender la peculiar adquisición que ahora lo acompañaba debajo de la luna de otoño. Llegaron a su casa, y subieron los escalones de madera que conducían a la habitación del muchacho, pequeña, compuesta por una cama mediana de madera y un escritorio frente a la ventana que daba al centro del pueblo.
-¿Cuál es tu nombre?-cuestionó, sabiendo que no recibiría respuesta, en automático afirmó-te llamaré Ceasg, ¿entiendes a caso eso?-no había respuesta alguna más que la tierna sonrisa que se formaba en su rostro cada vez que Christian pronunciaba alguna palabra-Ceasg es hijo del mar, y fue ahí donde te encontré, en el mar, tú dormirás en el piso, donde pondré algunos cobertores que te permitirán dormir a resguardo del frío
Sin embargo, Ceasg había ya colocado su cuerpo en toda la extensión de la pequeña cama de Christian, y dormía haciendo los sonidos de los gatos que descansan después de comer. El muchacho movió con cuidado al otro joven dormido, y se recostó a su lado, viendo hacia el vacío, hasta conciliar el sueño. A mitad de la noche, sintió un pesado brazo que se dibujaba entre sus costillas y un cuerpo que se oprimía con delicadeza al suyo, desconcertado, se percató de que se trataba de Ceasg, que olfateaba medio dormido la superficie de su cabello. Cerró los ojos y logró dormir. 
Soñó con profundidades azuladas en el infinito de una realidad que nunca había conocido. Edificaciones de corales gigantes donde vivían los más exquisitos seres vivos que jamás hubiera visto. Con la agilidad para nadar del pez, y la voz de mil ángeles. Vivían escribiendo las historias de su pueblo, anterior si quiera a la aparición de la primera ciudad o palabra escrita. No hablaban con un idioma que él pudiera conocer, pero se entendía la comunicación más exacta que hubiera podido entender. Así como la expresión más tierna de amor entre una de estas criaturas y el cachorro de una foca. Logro entonces percatarse de que estos eres eran como Ceasg, de piel azulada, pero debajo de su pubis crecía lo que parecía la mitad del cuerpo de un delfín. 
El sol de la mañana iluminó el rostro de ambos, y Christian entró en pánico al percatarse del cambio ocurrido en su compañero. En primera instancia, se encontraba completamente desnudo, siendo el rayos que entraban por la ventana su único vestido. Su tono de piel había cambiado para ser del mismo color que el de Christian, pero más pálido y con cierto tinte azulado detrás de las cienes. Despertó, y abrió los ojos castaños que ahora habían cambiado de ser azules como la noche anterior. Sonrió y se aproximó al muchacho para intentar encontrar sus labios con los de él, a lo que Christian respondió en negativa, alejándose.
-Ha amanecido espléndido-dijo para sí, con la esperanza de que Ceasg entendiera ahora-veo que no logras comprender mis palabras-le vio a los ojos, y sintió la compasión de ver a un niño pequeño sin capacidad de valerse por sí mismo, acarició su mejilla, le proporcionó vestimenta de hombre y le condujo hasta la puerta de salida.

IV.
Ceasg veía la luz del Sol que entraba desde las copas de los árboles de una vereda por la cuál iba con Christian, sujetado firmemente a su hombro, caminó sorprendido por todo lo que nunca había percibido anteriormente.  La maravilla que eran los gatos en los tejados de las casas, saltando de uno a otro con la desvergüenza de una época sin prisa ni cuestiones preocupantes. Las personas le fascinaban sobremanera, sus sonrisas comprometidas, las más naturales, las forzadas y las amorosas, lograba ver lo que expresaban unos a otros por la intención de sus miradas y sonrisas, parecido único que tenía con ellos. No entendía sus palabras, pero sí sus bondades, y respondía así mismo con sus ademanes de una forma en que no resultaba difícil entender su intención. 
Christian lo observaba, encontraba en él algo que nunca había percibido con anterioridad en otras personas, y al mismo tiempo, veía en su actitud infantil una inconveniencia al tiempo de rodearse con su persona. Le resultaba difícil salir con él y hacer sus obligaciones, y la mañana ya había avanzado demasiado como para seguir en semejantes atrasos a sus compromisos. Avanzó hacia él, para tomarlo y volver a su residencia, cuando del marco de la ventana de una torre escuchó aquella voz que daba rienda suelta a sus sentidos y provocaba sus letras en el papel. Era Ophelia, la hija del duque, aquella mujer de clase alta que inspiraba la poesía de Christian, única irracionalidad que cabía en su cabeza.
Desde su proceder cayó una nota, que tenía como contenido lo siguiente.

"He logrado percibir tu presencia insistente debajo de mi ventana desde hace mucho, caballero. Me han también llegado noticias de que tus palabras han podido embelesar a quienes ni siquiera los néctares del otro lado del océano han podido despertar sus sentidos. Quiero que te presentes en este mismo mañana en la noche, y logres cautivarme con tus escritos y conocimientos.
Así podría incluso considerar que pedirle a mi padre que te lleve a través del continente para divulgar tu poesía, o incluso, concederte mi mano.
-Ophelia"

Christian, abrumado por la alegría que esto significaba, sonrió, con las comisuras de su boca tan hundidas como trazadas por candiles encendidos. Volteó hacia Ceasg, y este lo volteó a ver a él, le llamó, y ambos caminaron de regreso al hogar.
Al encontrarse de nuevo en la cama, durmiendo con la figura del joven azulado abrazada a la suya, Christian soñó con la joven Ophelia las más dulces hazañas y los más tiernos romances, mientras que Ceasg descubría dentro de su pecho un sentir ajeno a todos los que había experimentado en su vida. Era el burbujeo constante de distintas reacciones que provenían desde su estómago y se propagaban agresivamente contra su pecho. Al sentir el tacto de su piel con la de Christian, estas emociones galopaban dentro de sí mismo hasta hacerle entre cortar la respiración, y desear con todo su ser ajeno al reino de los humanos, besar sus labios y abandonar su lugar en el mar para permanecer junto a él.
La noche avanzó y ambos se encontraron despiertos, la razón, desconocida, bien podría ser que el maullido constante de los gatos vecinos no permitieran su concilio del sueño. A esto, Christian se levantó del aposento, y se dirigió a su escritorio, donde guardaba un violín color del vino, lo extrajo de su estuche y comenzó a emitir los sonidos más bellos que Ceasg hubiera escuchado, los que provocaron que sus pies se alzaran para bailar a través de la habitación. Tomó entonces de las manos al poeta, le arrebató el violín y lo colocó delicadamente en el borde del escritorio, para él mismo comenzar a cantar. Christian se sorprendió de la belleza en su voz, y aceptó bailar a la luz de la luna junto con él, dando giros por el interior de su cuarto. 
El cansancio le ganó a la energía de ambos, y durmieron ahora abrazados el uno del otro. Ceasg acurrucó su cabeza dentro del pecho de Christian, y ambos soñaron con el interior del mar. Unidos, se encontraban en la inmensidad infinita del azul verdoso de una tierra que ninguno de los dos conocía, y ya después de mucho sumergirse, ya no era ninguna de ambas realidades, ni la tierra ni el océano, y sólo había un par de cuerpos abrazados , universalizados por la infinidad de lo que Ceasg sentía. Habían llegado tan lejos por lo que él transmitía con su abrazo y lo producido dentro de su corazón, si es que eso era lo que había dentro de su pecho.

V. "No me dejes Ir"

La mañana siguiente pasó como la anterior, sin embargo, ahora Christian se notaba distante, mientras que Ceasg seguía ciegamente las reacciones que en su pecho sucedían. Pero aquella tarde no volvieron a casa, ambos vieron el caer del Sol Poniente, sentados en un pastizal cercano al puerto, tono naranja que por alguna inexplicable materia reflejó de nuevo el color azulado en la piel de Ceasg, que cerró sus ojos, sonrió,  y dijo con la voz proveniente de una lengua extraña y primigenia, lo que Christian entendió como su nombre:  "Eagh-Ronm". Volteó sorprendido al ver ese rostro que ahora adquiría una calidad más humana que nunca, y sus labios formaron una sonrisa. 
-Permanece aquí, no tardaré demasiado, iré a encontrarme con alguien muy especial, amigo, después iremos a la casa y abriremos un vino y volveremos a celebrar con esos cantos que sólo tu voz puede emitir-Se levantó de su asiento y dio a Eagh-Ronm un beso en la frente, para proseguir su camino a través del pueblo a encuentro de la mujer que lo mantenía embelesado. 
El joven azulado ahora en su corazón sentía un burbujeo aún más fuerte, que al mismo tiempo que le preocupaba, le hizo sentir lo que nunca podría haber vivido de haber permanecido a lado de quienes vivían junto con él en el reino debajo de las olas. De donde venía, más allá de la playa y el Sol, donde las palabras no existen, y los cantos no las tienen, donde se es libre, pero amar es lo que nunca se podría sentir, puesto que en el mar no hay alma en el corazón de quien lo habita. 
Desconcertado, esperó varios minutos que se convirtieron en horas, hasta ver que el Sol ya no era el Sol sino la Luna, a la cuál vio, y cantó todas las canciones que podía cantarle. Puesto que en las noches, que era únicamente entonces cuando podía asomarse al arrecife, era su compañera y lo más cercano que hasta entonces hubiera conocido al amor, aullaba a ella con sus cantos melodiosos, y ella rompía el cielo estrellado para entregarle la inmortalidad que los seres del mar tienen si viven debajo de él y que trae la luna desde reinos más lejanos y antiguos que Aghnur Yaleb o Kadath.
Se puso en pie, dispuesto a encontrar a su amado, y por fin lograr posar sus labios en los de él, para unirse en eternidad. Caminó regodeado de alegría, despidiéndose de lo único que lo ataba con el mar, la luz de la luna. Se acercó a la plaza donde paseaba los últimos días con Christian, y vio dos siluetas bailando en torno a una fuente, frente a la torre de una casa enorme y muy hermosa. Aquella imagen le generó alegría, puesto que seguramente aquella pareja de enamorados que bailaban al ritmo de ninguna música se sentían de la misma forma que él cuando su amado Christian le tomaba de las manos para moverse al compás de su violín. 
Se acercó para poder ver sus caras y recordarlas, cuando lo que vio produjo en él una reacción dolorosa. Aquel que bailaba era Christian, y lo hacía con una hermosa mujer de cabello negro que caía sobre sus hombros y bailaba como un hada a la luz del las farolas. Un mar de distintos sucesos se disolvió dentro de su pecho, y aquel burbujeo incrementó dentro de donde debería estar el corazón, para dar paso a una hemorragia que se propagaba por dentro de su cuerpo. De sus ojos surgió una sustancia similar a la sangre, pero del color de su piel, que regresaba a ser del color azul de antes. Con los pies golpeando en el suelo, caminó agonizante hasta la playa, no sin antes voltear a ver el rostro de aquel hombre que había amado.
Ya habiendo llegado a la playa, aquella sustancia de color azul se escurría con mayor intensidad por las facciones de su rostro, y también brotaba de sus manos, pero ya no de sus pies, puesto que estos habían regresado a la forma que tenían antes, la aleta de delfín que lo ataba con su verdadero destino. Sin embargo, ahora ese destino no era una posibilidad, puesto que el burbujeo dentro de su corazón prosiguió hasta volverse todo lo que constituía su figura. Todo él era un burbujeo constante de masas gelatinosas y aformes que se devoraban las unas a las otras hasta disolverse con el azul del mar.

EPÍLOGO
Christian nunca volvió a ver a aquel extraño individuo de colores brillantes, y en compañía de aquella hermosa mujer con la que ahora se había casado,  un atardecer  encontró en la orilla de aquella playa que hacía tantos años no visitaba una piedra esmeralda del más incalculable valor. La talló con su pañuelo, para eliminar los rastros de musgo marino y algas que no permitían leer lo que tenía escrito. No pudo evitar sentir burbujas en el interior de su pecho al leer en su superficie, en perfecto castellano:

"A Christian:
El amor de la 
Ceasg al disolverse
con la  mala fortuna de
la desesperanza
se vuelve la más 
pura e invaluable
piedra preciosa
-Eagh-Ronm

domingo, 19 de agosto de 2012

Palabras del corazón

Cuando digo que te quiero
no le hablo a tu presencia
veo hacia lo que no está
y se lo digo a lo que queda de tu ausencia

Cuando digo que te quiero
digo que daría mi vida por tu lengua
que cambiaría mis tesoros
a merced de tu sed y tus pestañas

Y lo digo cuando es tu mejilla
rozando mi mano en contacto con tu hombro
mi cuerpo transpira los mil cielos
al ver tu rostro imprevisto
después de tanto haberlo esperado

Es no decir que te quiero
porque es como leer tus manos
escuchar tus ojos
exclamar tu boca

-Randolph

sábado, 7 de julio de 2012

Cayendo de la Novena Nube.

"Dirigió una mirada al mundo que se alejaba 
y se lanzó entre las olas, dispuesta a desaparecer 
y volverse espuma"

A Oscar.
No sé cómo empezar a decirte esto, porque en realidad ni siquiera debería referirme más a tu persona. No sé cómo empezarlo, pero algo que sí sé es que debo hacerte saber que no soy la persona más adecuada para ocultarle algo, menos cuando eso que deseas que no vea lo escondes a simple vista, y los gritas a los cuatro vientos. 
No entiendo cómo podrías llamarme egoísta cuando todo lo que hiciera fuera a tu disposición y me encontraras cada vez que te fuera necesario. Sin embargo, entiendo muy bien que quererme es arrojar perlas a los cerdos, porque quizá así sea como la mayoría de las personas en mi vida similares a ti lo crean, aquellas que me dan por sentado.
Y si fue mi error enamorarme, el tuyo fue ese, darme por sentado y esperar a que tu indiferencia, malos tratos, palabras sin sentido y miradas despectivas fueran razón suficiente para volver a mi madriguera, rendido. Porque es la realidad del enamorado humillado esperar a que sanen las heridas y aparezca el Sol Poniente para poder volver a vivir de noche.
Sé que el único amor que me demostraste fue el que se le da a las pertenencias, las observas, tratas con delicadeza y permanecen en un anaquel esperando tu regreso. Fueron mil cosas que dijiste, pero en mi piel solamente quedó una, la de todos tus secretos en cubierto. Uno espera que, si no es remunerado con la misma moneda en respuesta a un gran cariño, al menos la indiferencia sea un amargo consuelo acompañado de la comprensión. Pero fue tu decisión voltear la moneda a la cara destruida por el fuego y la gasolina.
Ahora escribiéndolo, medito si merezco la humillación en cubierto y las palabras ocultas, y me respondo en negativa, porque es derecho humano ser amado. Y yo tengo la certeza de haberlo hecho sin ser recompensado, misma respuesta que me recuerda lo inhumana que resultara tu reacción ante mis gestos de tristeza, plegaria a tus manos y a tu boca, tan inmerso siempre dentro de ti, viéndome por debajo de los hombros sin poder ver mi corazón ardiendo. 
Te confesé que las palabras me resultan complicadas cuando se trata de escribir lo que creo que las vuelve obsoletas. Pero en la demostración de esta evidencia, creo haberme sumergido lo suficiente dentro de mi cabeza para darte a entender lo necesario entre mis letras. Que concluyen pidiendo que hagas lo que te plazca de lo que ves en mi, de mis palabras tontas, mi inmadurez, mis caprichos, mi cariño ridículo, mi fealdad, mi egoísmo, y mi estupidez. Porque es lo que viste y lo que contigo quiero que se quede.
Voy goteando sangre en la nieve, corazón herido y los pies cansados. Sin mirar hacia atrás, con mis manos llenas de los mil tesoros que no te pude dar, esperando que llegue alguien ajeno a tu nombre y diversiones. Veo la calle a través de esta ventana, donde más te quise, ahora se ve distinta, desgastada porque no le dejaste nada. Ahí puedes tener el recuerdo de lo que a pesar de todo sí te pude dar; confianza, el tacto de mis manos frías, muertas pero radiantes de luz contigo.
Qué lástima que fuera yo tan pesado en tus brazos, porque fuiste tú la luz al final de mi túnel de demonios, la sonrisa de mal agüero, las mim promesas sin cumplir, y sin embargo, el calor de mi corazón que no pudo apagar ni la lluvia de julio. 

"You don't look a thing like Jesus
but you talk like a gentleman
just like I imagined when I was young"

-Gerónimo

viernes, 29 de junio de 2012

Boyz

Ojalá hubiera sido distinto, ¿no? Ojalá yo hubiera podido decir todo con mi boca y no con mis pies, y tú no hubieras escuchado con lo que estaba entre tus piernas. No sé si fui yo mismo quien construyó el castillo en las nubes que se calló con el resoplido del mar, o hubieron ladrillos que tú tan desinteresadamente me regalaste. Ahí estuve mucho tiempo, y desperté creyendo que no era necesario bajarme, hasta que me caí, y me vi con la cara en el concreto. Porque no estuviste para pararme, ni siquiera para curar mis heridas, en las palmas de mis manos por las llagas que provocaron querer darte todos los cristales rotos de mis palabras débiles y mal empleadas.

martes, 19 de junio de 2012

Esta espontánea e insoportable necesidad de ti.

¿Dónde quedaría todo lo que conforma mi espíritu? Si de pronto dejo de lado la posibilidad de exagerar y retocar con más belleza lo que me pasa contigo. Sí, esto que siento podría ser tan fácil de explicar si tan sólo no fuera yo un pobre individuo que no lleva su vida sin un poco de drama en cada respiro.

Ahora sé bien que no estoy solo estando contigo, pero eres como el fantasma entre mis pulmones que acerca mi corazón al alma todavía más. Ocupas mi cabeza como si fuera tu recinto de libre albedrío, donde puedes despertar, comer, soñar y destruir. Ahí desde la mañana estás, y en la noche te revuelcas para no dejarme dormir, como pájaros de Portugal que mueven violentamente las hojas y las dejan caer muertas en el pasto. Veo algo en tus ojos y ya no es luz

Ya no es luz porque mi rabia de no recibirte en mis brazos es más grande y me nubla la mirada. Ya no esperaré a que aparezcas de imprevisto y me des señales para creer que algo de lo que siento o pienso vale la pena para ti. Construí al rededor de tus pies un jardín de frutos rojos que crecía con el Sol Poniente de mi reino de los sueños. Dejé de hablar y oír para decirte todo con mis manos e intentar escucharte con mis ojos, me quité las plumas y me quedé sentado a tu lado porque no quería volar si no salías tú de tu nido. Yo necesité de tu comprensión y obtuve el amargo beso de ser ignorado y terminar viendo la lluvia en la ventana, esperando que todo pudiera de pronto terminar sin previo aviso y mis ojos se abrieran de la nada.

Construí todo, y a fin de cuentas, de mis palmas extraje mi corazón para dártelo en la boca, y quedó marchito por el brillo incandescente de tu ausencia amarga y prolongada por tu silencio. Ahora recuerdo qué difícil es volver a confiar en lo que se quiere ver.

miércoles, 9 de mayo de 2012

Mer girl.

Gracias por que no estaría aquí de no ser por ti, porque todo acabó tan rápido que no me di cuenta, y lo agradezco, lo agradezco todo, agradezco tus manos, tu cara, que están en mi por ti, a los soles que conozco y las lunas que espero. Cada día como este hay algo que empieza y otra historia que acaba, sin embargo, en todas seguirás como el corazón gigante que nunca se apagó, por dejar a esos ángeles que te cuentan cómo va todo aquí.
 Ellas. Aquí están, y me dan lo que no pudiste dar, porque nunca fue necesario. Papá despierta todavía a las cinco de la mañana, Pepito no soltó el chupón, Carlitos tiene tu pelo y las ganas de volar muy lejos, y yo te siento ahorita, aquí estás porque nunca te fuiste del todo, sin embargo, gracias a Dios que está contigo, que es grande y no comprendemos, ese corazón tuyo de cascabeles y castañuelas llegó en paz, y aquí se quedaron el vestido y las fotos. Las calles en tu cumpleaños se visten de colores y el diez de mayo es muy especial, y estás caminando sólo un día sin que te perturbe la calle que no te hace falta ya, ya no estás como nosotros, qué envidia, Chachis, qué envidia, y qué felicidad.

domingo, 6 de mayo de 2012

Saturday night Dead.


Estar despierto y escuchar como respiras.
Ver tu rostro que ilumina la luz que se filtra por la ventana y delinea tu nariz, pasa por tu boca y se pierde en tu cuello. Acerco mi mano, pero tengo miedo a despertarte, entonces sólo permito a mis ojos explorar los tuyos que parecen saber lo que pasa aún estando cerrados. También mi nariz puede percibir el aroma de tu aliento y tu cuerpo, tan pesados por el sueño.
Ojalá pudiera despertarte, decirte que ya no es lo mismo si no te encuentro conmigo,  tocar mis labios con los tuyos y dejarme perder todo el estribo dentro de tus brazos.
Pero no puedes, no quieres, no debes, no lo necesito, porque le permito a mis ojos todo. Sábado en la noche. Estoy muerto. Pero me gusta.
Aunque de pronto podría tomar lo que tengo y dártelo sin pensar, permito que todo acabe, pero no para nunca volver a sonreír, sino lograr hacerlo de otra manera. Y la luna está más grande que nunca porque sonríe conmigo.


miércoles, 14 de marzo de 2012

La huelga de los Pájaros.

Cada día que despertamos es con el
anhelo de vernos en los ojos de otros.
Vernos de esa forma en que chispeantes
descargas de endorfina provocan temblores
de manos y sudor en las palmas.
Y queremos que la luz del sol esté de nuestro lado,
porque nos gusta,
porque sabemos volar,
pero ya no queremos.
Ya nos duele volar, nos duele vibrar y respirar,
porque no se puede en la ciudad de la furia,
cuando las luces de los semáforos se burlan
del paso acelerado con que corremos
para encontrarnos en el nido.
A veces nos ponemos tintes en el cabello
y cubrimos nuestros ojos con rimel,
para el sábado o el viernes
encontrarnos entre el tumulto de la aceptación,
de la violencia urbana
que por veces fugaces es renovadora y es protectora,
queremos ser nosotros y que nuestras alas ya no se quemen por el Sol,
porque queremos que el Sol sea nuestro aliado
para que no nos arda el rimel en las mejillas
y el tinte de colores en la raíz del cabello sea color y no sopor.
A veces ya no queremos volar.
A veces caminar sin alas es más fácil porque el Sol no quema
Y nos ponemos el corazón tallado en metal
lo amarramos a la garganta,
y así hablamos.
Ya estamos cansados.
Ya no queremos volar.

viernes, 6 de enero de 2012

A un "tú" que son casi mil personas.


Si bien, no espero en lo más mínimo fugar mis emociones escribiendo esto, sí, al menos, pretendo buscar las palabras correctas para al menos intentar darle a entender a alguien lo que me sucede. A veces siento que ni siquiera desgarrar mi cara podría sofocar todo lo que me atormenta, y ni siquiera botarme desde lo más alto del balcón que da a la pequeña cuadra donde grito podría ser castigo suficiente para compensar lo que mi inmadurez hace crear a mi mente. Siempre que intento escribir me encuentro frente a una pared en blanco y con la pintura en el olvido, lo he dicho, te lo he dicho, que son lo que menos me interesan, pero tú consideras tan importantes, no te hablo a ti solamente, a ti que desde hace unas semanas vives en mi sueños y en mi vigilia desapareces, sino al resto del mundo que encuentra su existencia rodeada de palabras, y yo que las guardo en un cajón que estallará cuando ya no aguante la pena de mirar a los demás a los ojos.

Cuando los botes de pintura están en mis manos, las palabras no se forman por sí solas, y primero la esparzo sobre la pared sin formular lo que puedas entender, así es como me muevo por las calles en tu búsqueda, no espero que entiendas nunca lo que quiero decir, es a lo que me refiero, soy un manojo de mariposas, y lo soy por ti desde que decidiste besarme, y me deshago cuando el viento cambia de dirección. A veces cuando no puedo mantenerme unido a mi mismo para preguntarte la hora, simplemente actúo con el instinto de una bestia, porque eso soy, y es precisamente que las palabras en mi mente chocan y no las puedo convertir en poesía por más que quiero. Daría todo lo que tengo y mi lugar en el cielo si tan sólo pudiera conjugar las palabras para decirte y expresar en ellas todo lo que provoca cuando sólo te acercas a saludarme y mi mejilla es un mar de lentejuelas que vuelan hasta chocar con la bóveda celeste y regresan para descubrir que ya no estás. Dirías, bien, que estas son las palabras que lo describen, pero no lo son, lo que en verdad da cuenta de esto es algo que grita en lo más oscuro de la noche, y todo lo que tengo no bastaría, lo sé, para que eso que no son palabras llegara de ti a mi en lo más oscuro de esa noche.

Permíteme entonces llenarte de lo que no son palabras, permíteme acompañarte hasta lo último que quede dentro de tu mente para crear un universo que nos una, una casa en el cielo, o una mesa de desayuno en Plutón, que dicen en los periódicos ya no es un planeta, un corazón que se conecta con cables de carbono en mi garganta, y las palabras nunca fueron menos útiles, porque ahora grito un idima que nunca creí que pudiera existir.